El ocaso de la política universitaria

La hegemonía universitaria en Catamarca va perdiendo su capacidad de transformación social. Mientras las costumbres rígidas reemplazan la ética, la juventud habita otros tiempos.

En la Universidad de Catamarca se vive como si nada pasara, como si el tiempo hubiese dejado de tener sentido. Los pasillos, que en otros tiempos se llenaban de debates y sueños, hoy parecen museos de lo que alguna vez fue la política universitaria. Las estructuras de poder repiten su liturgia con la solemnidad de lo absurdo: se aplauden las trampas como si fueran estrategias, se confunde la astucia con inteligencia y se premia la obediencia como si fuera virtud.

Lo que ayer era una infracción hoy se disfraza de excepción. En ese juego, lo ilegítimo se normaliza, y la universidad -esa que debería formar espíritus libres, reformistas, comprometidos con la construcción de una sociedad justa y equitativa- mostrando estas actitudes, profundiza prácticas poco saludables para este cometido.

Mientras tanto los actores con poder se refugian en viejas fórmulas. Algunos todavía creen que conservar el control es sinónimo de consenso y éxito, que administrar la inercia es gobernar, que la astucia burocrática es inteligencia política. No advierten que el absurdo se ha vuelto su único idioma, y que cada decisión desprovista de una ética-política los empuja hacia un abismo histórico. El ocaso del feudo es un absurdo que no constituye solo una metáfora: es la manera en que el sinsentido se institucionaliza, pero no para siempre.

En las afueras de este mundillo, algo distinto está ocurriendo. En los patios, en la militancia universitaria auténtica, en las redes sociales, circulan ideas nuevas, una generación empieza a despertar. No lo hace con consignas prefabricadas ni con estructuras partidarias heredadas, sino con una sensibilidad nueva: desconfían del relato estanco, sospechan del formalismo oportunista y conveniente, y no creen que el poder tenga un valor en sí mismo, sino se dirige hacia la transformación de la realidad. Tal es el caso de la UED (Unión de Estudiantes de Derecho), quien con esfuerzo y trabajo ha destronado a Franja Morada que otrora sirviera de reducto para aspirantes a la política local, y que, dada las circunstancias actuales, se ha quedado sin un horizonte político, ensimismada y luchando por las migajas de cargos de bajo impacto social.

Ante esta realidad, los jóvenes estudiantes no son apáticos, como algunos quieren creer, no son “solteros varones que viven con sus padres”. Son personas que a martillo y cincel se construyen en perspectiva. Se dirigen a un futuro cuya simbología universal ellos interpretan. Quienes no entiendan este contexto actual, no entenderán lo que viene. Y lejos de interpretar esta cuestión, están las facciones dominantes del gobierno de la UNCA, porque los estudiantes han entendido que participar no es integrarse a un sistema enfermo, sino imaginar uno distinto. Quieren transformar la realidad. Y ahí radica la amenaza que representan para el poder: su distancia ética. La vieja política universitaria no sabe cómo lidiar con eso. De ejemplo nos sirven las nuevas vertientes estudiantiles que en la UNCA quisieron participar en las elecciones, como el caso de los estudiantes de ciencias exactas. En este caso, con artilugios legales poco claros, no permitieron su participación. Jóvenes cuyas primeras herramientas para competir les son arrebatadas por el solo hecho de no corresponder “ideológicamente” con la estructura dominante del decanato. Jóvenes que creen en la política son utilizados como carne de cañón por parte de las elites estancadas en los sillones de mando.

Mientras tanto las autoridades “reelectas” por los siglos de los siglos, nuevamente en la UNCA miran a un costado. Apuestan a la agenda política provincial, experimentando con candidatos extremadamente desganchados con la realidad social, económica y política del mundo, del país y de la provincia. Gracias a su inoperante acción terminaron definitivamente por dinamitar un partido político centenario, que en otros tiempos forjara liderazgos y plataformas cercanas a los incipientes movimientos populares de finales del siglo XIX.

¡Qué lejos quedó la Revolución del Parque! Usaron la universidad pública como trampolín hacia las estructuras de poder. Usaron un partido y lo fundieron. ¿Pueden o podrán seguir siendo responsables del futuro formativo de las generaciones venideras estos personajes, si su único propósito último es siempre satisfacer sus propios intereses?

La universidad en su origen fue un espacio de pensamiento libre y de disidencias creativas. Hoy, en cambio, corre el riesgo de convertirse en una maquinaria de autopreservación: de cargos que se reciclan, nombres que se repiten, decisiones que se justifican con ilegítimos y absurdos tecnicismos.

Aunque las prácticas ilegales no son meros errores: son estrategias de supervivencia de un sistema que sabe que su tiempo se acaba. Los jóvenes -esa generación que observa, graba, documenta- ya no creen en estos rituales, ni tampoco son tentados con falsas promesas.

¿Cómo una universidad que se cree ámbito de diálogo, democracia, participación, igualdad, equidad, todavía elige autoridades bajo un sistema de elección indirecta? Sistema que está visto a las claras que favorece y va a seguir favoreciendo a la misma elite de la universidad que se traspasan el mando bajo la excusa del “consenso”. Es un sistema que en la actualidad es ilegitimo. Mientras tanto desfilaron políticos defendiendo la Boleta Única, la ficha limpia. Dirigentes políticos que pertenecen al mismo núcleo político de los comandantes universitarios, pero que a puertas cerradas se sienten cómodos con un sistema de elección preferencial, en donde la voluntad popular es desplazada por falsos consensos previos que solo reafirman y defienden los intereses de unos pocos.

La Universidad, si quiere sobrevivir, deberá elegir: o continúa rindiendo culto a la hegemonía de un sistema preferencial ilegítimamente absurdo, o se atreve a escuchar las voces del futuro que resuenan con más fuerzas cada día.

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