En un bosque a 80 kilómetros de París, luego de más de cuatro años de enfrentamientos entre potencias que dejó un saldo de 10 millones de militares y 13 millones de civiles muertos, se decretó el cese al fuego de la Gran Guerra. Los diferentes destinos del “vagón del armisticio” y la revancha de Hitler en la Segunda Guerra Mundial

En el cuidado lenguaje diplomático se lo llamó armisticio, pero en la práctica significaba la rendición lisa y llana de Alemania lo que llevó al fin de la Primera Guerra Mundial (Wikipedia)
No fue en un palacio ni en una dependencia gubernamental, tampoco en un cuartel general sino en un simple vagón de tren, el CIWL 2419 -esa era su numeración- de la Compagnie Internationale des Wagons-Lits, detenido sobre las vías en el Bosque de Compiègne, a unos 80 kilómetros de París. Allí, en ese ambiente estrecho y frente a muy pocos testigos, exactamente a las 5.15 de la mañana del lunes 11 de noviembre de 1918, el secretario de Estado Matthias Erzberger, en representación del imperio alemán, y el mariscal francés Ferdinand Foch, en nombre de Francia y el Reino Unido, firmaron el documento que puso fin a la Primera Guerra Mundial.
Por decisión de Foch, no había fotógrafos ni periodistas y solo presenciaron el acto un oficial francés y dos británicos. En el cuidado lenguaje diplomático se lo llamó armisticio, pero en la práctica significaba la rendición lisa y llana de Alemania, a la que se imponía una fuerte desmilitarización, la pérdida de territorios, el pago de grandes indemnizaciones de guerra y otras concesiones, como la obligación de liberar a todos los prisioneros de guerra mientras que los aliados no estaban obligados a hacer lo mismo con los alemanes, o la libertad de circulación de barcos aliados en sus aguas mientras se mantenía el bloqueo naval. En la negociación previa, los alemanes habían protestado diciendo que esas no eran las condiciones para un armisticio sino para una rendición sin condiciones, pero no lograron cambiar un solo punto del texto. Debieron aceptar lo que consideraban una humillación. El cese del fuego quedó fijado para las 11:11 de esa misma mañana, un lapso de casi seis horas que agregó miles de muertes al saldo de la guerra mas letal que el mundo había vivido hasta entonces.
En los cuatro años y poco más de tres meses que duró el conflicto globalizado, fueron movilizados 70 millones de soldados y el saldo en vidas fue aterrador: murieron casi diez millones de militares y otros 21 millones fueron heridos en combate. También alrededor de 13 millones de no combatientes perdieron la como consecuencia directa o indirecta de las hostilidades. Esa pérdida de vidas -sin antecedentes en la historia de la humanidad- se debió en gran parte a la introducción de nuevas armas, como las ametralladoras. También se implementaron armas químicas. Según las estimaciones más generalizadas durante el enfrentamiento se liberaron 124.000 toneladas de sustancias tóxicas, incluidos el cloro y el llamado “gas mostaza”. En consecuencia, unos 90 000 soldados murieron envenenados por gases, mientras que casi un millón perdió la vista o sufrió heridas graves.

Francisco Fernando y Sofía abandonando el ayuntamiento de Sarajevo, minutos antes del atentado que acabó con su vida (Wikipedia)
La calma y la tempestad
La Gran Guerra, como se la llamó entonces, había estallado el 28 de julio de 1914, cuando Europa llevaba más de cuatro décadas de tensa calma, solo interrumpida por pequeños conflictos bélicos bien focalizados. En realidad, esa quietud bélica que pareció predominar desde 1871, con la finalización de la guerra franco-prusiana, hasta mediados de 1914 podría calificarse, utilizando un lugar común, como la calma que precedió a una de las peores tempestades de la historia de la humanidad. Durante esos años, conocidos como los de “la paz armada”, las potencias europeas protagonizaron una carrera armamentista cuyo desenlace no podía ser otro que una guerra de magnitud desconocida hasta entonces. Fue un enfrentamiento generalizado entre dos alianzas de potencias europeas que no solo sumergió al continente en un baño de sangre el continente, sino que se expandió por Asia, Oceanía y África y comenzó a definirse con la tardía intervención de los Estados Unidos.
Para principios del siglo XX, Europa estaba dividida en dos bandos: conocidos como las Potencias Centrales y la Entente. El primero se había originado en la Triple Alianza, formada en 1882 por Alemania, Austria-Hungría e Italia. Sin embargo, Italia no entró en la guerra hasta 1915, y lo hizo del lado de la Entente, por lo que abandonó la Triple Alianza. Su lugar fue ocupado por el Imperio otomano y el Reino de Bulgaria. Del otro lado estaban el Reino Unido, Francia y Rusia, a los que ya en pleno conflicto se sumaron, entre otros países, Japón, Serbia, Montenegro, Bélgica, Italia, Rumania, Portugal, Grecia, Estados Unidos y Brasil. Rusia abandonaría la Entente y la guerra en 1917, luego de la revolución bolchevique de octubre de ese año.
os y el saldo en vidas fue aterrador: murieron casi diez millones de militares y otros 21 millones fueron heridos en combate (Wikipedia)
Estados Unidos define la guerra
Poco después, los Estados Unidos se sumaron a la guerra en apoyo a las fuerzas de la Entente. Washington había establecido una política de falsa neutralidad, porque desde el principio suministró armas y apoyo logístico a Francia y Gran Bretaña, pero recién declaró la guerra en abril de 1917.
El primer antecedente para su ingreso fue el ataque submarino al transatlántico británico Lusitania el 7 de mayo de 1915 durante una travesía de Nueva York a Inglaterra en la cual viajaban algunos estadounidenses. El barco había transportado municiones, por lo que Alemania se sintió justificado para tratarlo como un objetivo legítimo en una zona de guerra. Después de esto, el presidente estadounidense Woodrow Wilson exigió una disculpa de Alemania y le solicitó limitar la guerra submarina, promesa que el país europeo cumplió hasta 1917, cuando reanudó los ataques submarinos.
Este último hecho, sumado al descubrimiento de un telegrama en el cual el canciller alemán Arthur Zimmermann proponía una alianza entre México y Alemania en caso de que Estados Unidos se sumara al conflicto, lo que llevó a Washington a declararle finalmente la guerra a los alemanes. El ingreso de los Estados Unidos a la guerra fue determinante para su desenlace a favor de las potencias de la Entente. Con la ayuda de Washington, los aliados se abrieron paso con la Ofensiva de los 100 Días, que provocó la derrota militar de Alemania.
Definido el resultado de la guerra, la delegación alemana, encabezada por el secretario de Estado Matthias Erzberger cruzó la línea del frente la noche del 7 de noviembre de 1918. Los enviados viajaban en cinco autos y fueron escoltados por tropas francesas durante más de diez horas hasta llegar al bosque de Compiègne. Allí los esperaba el mariscal Foch, que los recibió en el vagón, acompañado por un alto oficial de los aliados británicos. Si Erzberger pensaba iniciar una negociación para el cese del fuego en condiciones que no fueran demasiado lesivas para Alemania, se desilusionó de inmediato. El comandante francés lo saludó con frialdad y se limitó a entregarle un documento con todas las demandas que debían cumplir. Hecho esto, se fue luego de anunciarle que tenía 72 horas para aceptar las condiciones. Finalmente, la rendición fue oficializada con el Armisticio de Compiegne el 11 de noviembre de 1918 que ponía “fin a los combates en todos los frentes”.
La Gran Guerra había terminado, pero sus consecuencias marcarían a fuego la historia del mundo durante las décadas siguientes. Sus secuelas geopolíticas más visibles fueron la desaparición de cuatro imperios: el alemán, el austrohúngaro, el ruso y el otomano. Rusia, que había entrado al conflicto como una monarquía imperial, salió de él con los bolcheviques en el poder.
Los acuerdos de paz se firmaron progresivamente durante los dos años siguientes. El 18 de enero de 1919, comenzó la Conferencia de Paz de París, un día no escogido al azar por los Aliados, porque precisamente otro 18 de enero, el de 1871, se había fundado el Imperio alemán. Alemania y sus aliados tuvieron que “reconocer su responsabilidad por haber causado todos los daños y perjuicios a la que los aliados y los gobiernos asociados y sus ciudadanos han sido sometidos como consecuencia de la guerra impuesta sobre ellos”.
Una de las teorías sobre la suerte del vagón es que Hitler ordenó dinamitarlo para que los franceses no lo recuperaran y volviera a utilizarlo como escenario de una nueva rendición de Alemania
Los destinos del “vagón del armisticio”
Después de la firma del armisticio en el CIWL 2419, la discreción del mariscal Foch se volatilizó con rapidez. Ordenó que se trasladara el vagón a Paris y se exhibiera junto con otros símbolos y trofeos del triunfo sobre los alemanes. El vagón donde se había concretado la rendición alemana quedó instalado frente al monumento de Los Inválidos para que todos los parisinos pudieran visitarlo.
La finalización de la Gran Guerra, con sus tremendas secuelas políticas y humanas, pareció dar lugar también a la esperanza de un mundo capaz de lograr una paz duradera. Esa ilusión, sin embargo, se esfumó definitivamente apenas veinte años después, cuando el 1° de septiembre de 1939, la Alemania nazi invadió Polonia y desató la Segunda Guerra Mundial, aún más mortal y devastadora que la primera.
Más de dos décadas después de aquella humillante rendición alemana en “el vagón de Compiègne”, la situación había cambiado radicalmente. La ofensiva de la Alemania nazi en Europa parecía incontenible y el ejército francés se mostraba incapaz de contener la poderosa ofensiva de las tropas del Tercer Reich. La batalla de Francia, iniciada el 10 de mayo de 1940, había mostrado el abrumador poderío bélico de la Wehrmacht, ante el cual los ejércitos franceses y británicos, anclados en tácticas y estrategias propias de la Primera Guerra Mundial, no habían podido oponer una resistencia eficaz. París cayó el 14 de junio y el gobierno francés, presidido por Paul Reynaud, se estableció en Burdeos, pero la noticia la caída de la capital a manos de los nazis hizo que muchos líderes políticos franceses propusieran pedir un armisticio a Hitler y romper la alianza con Gran Bretaña.
Para la firma, Adolf Hitler hizo montar una escena que, a su criterio, les devolvía multiplicada a los franceses la humillación sufrida por Alemania en 1918. Hizo trasladar el vagón CIWL 2419 nuevamente al bosque de Compiègne y ubicarlo en el lugar exacto de la firma del Armisticio de la Primer Guerra. Para la ceremonia, el führer se sentó en el mismo lugar que había ocupado el mariscal Foch y ordenó a los delegados franceses que se sentaran en los lugares donde habían estado los representantes alemanes. Para Adolfo Hitler fue cobrarse la afrenta “ojo por “ojo”.
Luego ordenó llevar el vagón CIWL 2419 a Berlín, como símbolo de la victoria y la revancha alemanas. A su alrededor se instaló una plataforma de madera desde la que los berlineses podían ver el interior del vagón. Pese a que no se podía entrar en él, las vidrieras permitían observar el habitáculo, en el que además estaba expuesto el original tratado de Versalles, otro botín de guerra.
Fue su último emplazamiento. Tras la caída del Tercer Reich, en 1945, un grupo especial del ejército francés dio prácticamente vuelta a Berlín y sus alrededores para encontrar al CIWL 2419 y llevarlo a Paris para devolverlo a su lugar original, frente a la solitaria estatua del mariscal Foch. No lo encontraron. Años después, comenzaron a aparecer en diferentes lugares algunas pocas piezas que hoy están expuestas en el Museo del Armisticio. Sobre su destrucción existen dos versiones: la primera de ellas sostiene que quedó destrozado luego de un accidente ferroviario en la estación de Crawinke; la segunda asegura que, a ver que Berlín caería, Hitler ordenó dinamitarlo para que los franceses no lo recuperaran y volvieran a utilizarlo como escenario de una nueva rendición de Alemania.